DESMEMORIADOS

    Durante un cálido domingo del año 2007, una familia buscaba matar el tiempo en su casa desvencijada. En la sala, Martina, de 45 años, reposaba plácidamente en el sofá, disfrutando de su jornada de descanso laboral; mientras miraba la repetición del capítulo de una telenovela. Su hija Mariela, de 17, se esmeraba en cumplir con una tarea escolar que debía entregar el martes. Por su parte, Mauro, de 13, jugaba con su teléfono celular. En tanto que Micaela, de 15 años, se hallaba acostada en una cama del dormitorio que compartía el grupo familiar.

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CHISPAZOS DE VIDA PARA LOS OCIOSOS

   A pesar de que los ocupantes de estos edificios estamos solos y separados entre sí por los departamentos, podemos decir que nunca nos damos cuenta de ello. Es que todos producimos ruidos, y escuchamos los de los demás. Hace tantos años que nos conocemos que, a veces, incluso nos imaginamos qué estarían haciendo los otros en este momento. Sigue leyendo

LOS ESCENÓGRAFOS

  Blaco entró corriendo a la habitación de Soley, sujetando un trozo de papel con el hocico. Soley era una muchacha rellena, tenía cabellos enrulados y usaba anteojos. Esa noche fría estaba acostada en su cama, escuchando música a través de su teléfono celular.

  -¡Ay, ‘se miiicho![1]– le dijo a su gatito negro, que tiró el bollito de papel cuando la escuchó. Luego, miró la ventana, a través del vidrio, hacia lo alto del cielo oscuro. Soley, entonces, se aproximó a la abertura a tratar de encontrar aquello que le llamaba la atención. -¿Qué pasa? ¿Nunca viste una luna tan gorda?- le preguntó. Sigue leyendo

ANTI-ARTIFICIAL

Hierbas

  La hierba está creciendo. Se la ve sobre el añejo tejado de una casa en comodato,  y sobre uno de los balcones de un edificio creado para encontrar más fácilmente a los civiles. El tejado y el balcón son lugares altos, duros, artificiales, fríos. La hierba, corta, suave y blanda, natural, cálida. Y así, ha logrado sobrepasar el cemento.

LOS CASSETTES DE LA PRIMA HERMANA

    Una vez, una joven de nombre D… salió temprano de su casa alquilada para abordar el colectivo que la dejaría cerca de su trabajo. Ese día, como todas las jornadas en las que le tocaba laborar, durante el trayecto sintió miedo porque el barrio, a esas horas,  era inseguro; además, la acompañaba el permanente temor por quedar sin empleo. Pero, en esta ocasión, a sus preocupaciones se le sumaron el intenso calor de verano y el sopor característico de los que apenas pueden dormir porque los acecha la culpa de haberse comportado mal con una muy buena persona.

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“¡NO VOLVERÁN AL ÁRBOL!”

  Debido a que no estaban conformes con su ajetreada rutina, seis adultos misioneros[1]  solían rememorar algunos hechos ocurridos durante su infancia, un tanto lejana. Una niñez que compartieron y que los llevó, en ese entonces, a tratarse como hermanos; en comparación a la adultez, en que se veían como extraños. Sigue leyendo