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LA REALIDAD SOÑADA

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 En el pasado, acostumbrábamos a soñar despiertos. En la realidad, hablábamos a la pared porque ella nos escuchaba. Todos nuestros secretos le contábamos; y, de eso, obteníamos una voz quejumbrosa que nos contestaba y nos aconsejaba. No podíamos hacerlo en otros lugares o con personas cercanas, no era lo mismo. Asimismo, cuando esperábamos la contestación, nuestro día se llenaba de significado, dado que esa voz llegaba hasta nuestra voz interna. Decía lo mismo que ella, ambas cantaban juntas, hacían coro y se proyectaban.

   Además, siempre que dormíamos,  sin esperarlo, ni pedirlo, en nuestros aposentos se posaban lejanas y sutiles haditas, tanto a medianoche como al amanecer. ¡Éramos muy felices! Nuestra felicidad era comparable a la que sentía la ninfa Eco cada vez que veía a su amado Narciso.

   Pero eso no le duró mucho a la pobre ninfa. Narciso no le quería; no quería a nadie, salvo a sí mismo. A tal punto que, un buen día, murió desesperado por no poder tocar su imagen reflejada en el agua. Su enamorada, entonces, se consumió hasta convertirse en ecos, repeticiones tardías de todo; en definitiva, en nada.

   Nuestra peor pesadilla fue tanto o más triste que el final de esta leyenda. Un sueño pesado que marcó la diferencia en nuestras vidas, puesto que nos hizo entender que lo que estábamos haciendo hasta el momento era soñar despiertos. En él, le hablamos a la pared, pero no ocurrió nada. La vimos inerte, inhumana. Tan inanimada, que no fue capaz siquiera de burlarse de nosotros. A continuación, dimos media vuelta y nos encontramos con muchas personas con ganas de escucharnos, pero nosotros no teníamos ganas de hablarles. Además, despertamos antes de abrir los ojos, esperando a las haditas. Al no hallarlas, lo que hicimos fue esperar a dormirnos y despertarnos nuevamente para encontrarlas. No ocurrió nada. Luego, una de ellas se posó en el alféizar de la ventana de nuestro dormitorio. Nos observó muy seria. Nosotros nos acercamos a ella, mas no dejó siquiera que la tocáramos. Sólo corrió y voló.

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