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MI ADULTEZ EN POSADAS*

   20160417_175939   Por la mañana, me dirijo a la parada de colectivos. Para llegar a destino, atravieso la plaza Soleada, adornada por el río. El reflejo del sol en el agua ilumina el espacio, de ahí el nombre del lugar. Aquí, todas las tardes, los niños de distintos barrios cercanos juegan, ríen, se colorean de naranja en el skate park. Su presencia, alegría, candidez, se convierten en la ausencia, melancolía y conciencia de los adultos que esperamos el colectivo. Mientras ellos son más desenvueltos a pesar de estar controlados; nosotros tenemos más margen de maniobra, pero actuamos encorsetados. Ellos hacen berrinches cuando no obtienen lo que quieren, y arrojan lo que no desean. A nosotros, nos dan algo y decimos: “Está bien”. Sucede algo y preferimos que nos lo cuenten. Los infantes de mi memoria no se salvarán de esto o de algo parecido. Desde el skate park hasta la parada hay veinte pasos. Desde esos chicos a estos adultos, veinte años.

   Seguramente, mis coetáneos aguardan que el medio de transporte los lleve a los trabajos, a las diligencias, a los enfermos, a la universidad… Yo voy hacia mis trámites y compras mensuales, con el dinero preparado. Sin embargo, me hipnotizan las tenues cadenas que envuelven, que enjaulan, a mis pares, y siento envidia. Joyas de acero quirúrgico, de diseño fino. Pantalones oscuros y ajustados. Suéteres al cuerpo. Cabellos largos, lacios y brillantes, que no se mueven ni con el viento, que no son afectados por la humedad constante de esta tierra roja. La plata que llevo, ¿para qué era?

   Llega el colectivo, lo abordamos. Todos nos sentamos en asientos ubicados hacia adelante. Algunos aprovechan para leer, otros, para usar el teléfono celular, pocos hablan con conocidos, y el chofer conversa con un allegado mientras escucha música a todo volumen a pesar de la prohibición. En mi sitio, tengo la oportunidad de observarlos y de pensarlos. Veo que gastan dinero porque temen algo. ¿Qué temen? Quieren todo, porque sienten que si no lo tienen, quedarán afuera. Creen que lo que poseen los otros les quedará bien. Y lo desean ahora. En el fondo, al parecer, no dejaron de ser niños.

   En el colectivo, veo modas, autómatas hacia adelante. Luego, me recuerdo a mí misma. Estoy como ellos. Soy ellos. Ese sonido de fondo es mi música. Son mis tímpanos siendo tranquilizados por los potentes auriculares. Me digo: “Mejor, gasto el dinero en lo que debo”, como si eso fuera un acto de rebeldía.

   Al bajar, voy por el camino que había planeado.

 

*Ciudad capital de la provincia Misiones, en Argentina.

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