QUEDARSE

Quedarse

Fuente de la imagen: Misiones Cuatro

    Son las 21:00. Dejo de mirar los números rojos del reloj digital del colectivo y vuelvo a observar por la ventanilla. ¡Ay! No me gusta lo que veo. La densa neblina cubre las calles de la Ciudad del Paraná y el chofer conduce muy rápido. De pronto, el autobús se detiene en una parada, a la cual no quería llegar. La niebla detrás de la ventanilla se disipa un poco. Me espanto al vislumbrar personas azules, inmóviles, con ojos abiertos. Pero no tengo más alternativa que bajar del vehículo: es la última parada.

   Me encuentro entre caras conocidas de una multitud quieta. Temo esta sensación de inminencia, creo que las estatuas me van a atacar. No me van a dejar hablar, voy  a ser como ellas, me adormecen el cuerpo… Me van a  dejar sola.

   Quiero ser parte de ellas para no tener miedo. Ellas están inertes y hermosas. Yo, en cambio, no puedo; estoy en constante movimiento. Tengo que mantenerme quieta como ellas y así lo hago, pero no puedo permanecer así por mucho tiempo: me caigo tratando de adoptar sus posiciones, me frustro y me angustio. Y en el suelo, siento pánico cuando veo cómo parece que me juzgan.

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MI ADULTEZ EN POSADAS*

   20160417_175939   Por la mañana, me dirijo a la parada de colectivos. Para llegar a destino, atravieso la plaza Soleada, adornada por el río. El reflejo del sol en el agua ilumina el espacio, de ahí el nombre del lugar. Aquí, todas las tardes, los niños de distintos barrios cercanos juegan, ríen, se colorean de naranja en el skate park. Su presencia, alegría, candidez, se convierten en la ausencia, melancolía y conciencia de los adultos que esperamos el colectivo. Sigue leyendo